

VIVIENDA
UNIFAMILIAR

3 DORMITORIOS
5 CAMAS

2 BAÑOS
1 ASEO

APARCAMIENTO
PRIVADO

JARDÍN, BARBACOA Y PORCHE CERRADOS

Playa Grande de Miño

La Playa Grande de Miño, en un día soleado, se transforma en una postal atlántica de calma y luz. Su extenso arenal dorado, abrazado por suaves dunas y aguas tranquilas de la ría de Betanzos, invita a caminar descalzo mientras el reflejo del sol convierte el mar en un espejo brillante.
Con más de un kilómetro de arena fina y un entorno abierto al mar, es una de esas playas que combinan serenidad y belleza natural con sabor a verano gallego.
Tomando un aperitivo en La Lola

Con una cerveza bien fría en la mano y la sombra amable del chiringuito, contemplar la Playa Grande de Miño desde el Bar La Lola tiene algo de ritual veraniego gallego.
Hay lugares donde uno simplemente está… y otros, como este rincón de Miño, donde uno siente que el verano sucede despacio.
Disfrutando de A Carboeira

Desde el restaurante A Carboeira, la Playa Grande de Miño parece aún más especial. Mientras llega a la mesa un salpicón fresco, lleno de sabor a mar, y el aroma de las carnes gallegas a la brasa despierta el apetito, el paisaje hace el resto: la arena extendiéndose junto a la ría, el brillo del sol sobre el agua y esa calma atlántica que invita a quedarse sin mirar el reloj. Entre bocado y bocado, el murmullo del mar acompaña una experiencia donde la gastronomía gallega y el paisaje parecen entenderse a la perfección.
Playa Grande de Miño mirando a Sada

Desde cualquier rincón, se respira ambiente de verano: familias disfrutando de la orilla, paseos pausados junto al mar y la brisa atlántica suavizando el calor del mediodía. Miño tiene esa forma discreta de conquistar, sin estridencias, solo con la belleza sencilla de un día luminoso frente al mar.
Nombre del servicio

Desde una terraza con un café recién hecho entre las manos, la Playa de Miño se convierte en un espectáculo tranquilo de mediodía. El aroma del café se mezcla con la brisa salada que llega desde la ría, mientras la vista se pierde en el azul brillante del agua y en la amplitud del arenal dorado. Abajo, el ritmo es pausado: sombrillas abiertas, paseos junto a la orilla y el sonido suave de las olas acompañando la escena. Es de esos momentos en los que no hace falta nada más que mirar, respirar y dejar que el paisaje haga el resto.